La primavera y el comienzo del verano son una de las mejores épocas para viajar a Portugal.
El clima y la luz acompañan, los días invitan a pasar más tiempo fuera y el ritmo de Portugal se vuelve más amable.
Es un momento idóneo para recorrer el país con calma, detenerse en sus paisajes y entender cómo la gastronomía y las tradiciones forman parte de su identidad cotidiana.
Desde las ciudades hasta las regiones rurales y la costa atlántica, cada territorio se muestra con mayor nitidez, acercándonos a su esencia de una forma más natural, a través de la mesa, el entorno y las costumbres que definen su identidad.
Lisboa: sabores que cuentan historias
En primavera, Lisboa se descubre caminando. Sus barrios históricos recuperan la vida en las calles y los mercados, y la gastronomía se convierte en una de las mejores formas de entender la ciudad.
Por un lado, una comida en casa de una familia local nos regala una visión cercana y sincera de la cocina portuguesa, basada en recetas transmitidas de generación en generación y en el valor del tiempo compartido.
Por otro, una propuesta gastronómica contemporánea en un restaurante con estrella Michelin presenta una reinterpretación del recetario tradicional a través de un menú degustación, acompañada de una charla con su chef ejecutivo, que aporta una mirada personal y actual sobre la cocina del país. Dos experiencias distintas que, juntas, revelan la riqueza culinaria de Lisboa.


© Grupo Jose Avillez – Belcanto
Oporto y el Duero: historia sobre raíles
Oporto es el punto de partida de un recorrido en el que el trayecto adquiere tanto valor como el destino.
Desde la histórica estación de São Bento, uno de los espacios más emblemáticos de la ciudad, un tren de lujo se adentra en el valle del Duero, siguiendo el curso del río hacia una de las regiones vinícolas más importantes de Portugal, reconocida como Patrimonio de la Humanidad.
A bordo, el paisaje de viñedos y riberas se acompaña de una propuesta gastronómica diseñada por un reconocido chef, que rinde homenaje a la cocina del norte del país y a las tradiciones del Duero. El recorrido incluye una parada en una bodega histórica para degustar vinos de Oporto, antes de regresar a la ciudad, cerrando una experiencia que conecta patrimonio, territorio y gastronomía de forma natural.
Algarve: el Atlántico como escenario
En primavera y comienzos del verano, el Algarve revela una faceta más pausada y natural, lejos de las multitudes. Es un momento ideal para descubrir su costa desde el agua, navegar hasta la Ilha da Fuzeta o adentrarse en el Parque Natural de la Ría Formosa, un enclave protegido de gran valor paisajístico.
Travesías en barco, playas desiertas prácticamente intactas, picnics en plena naturaleza o el simple tiempo detenido frente al Atlántico permiten relacionarse con el entorno de una manera más consciente.
En esta época, el Algarve se vive sin artificios, dejando que sea el propio paisaje el que marque el ritmo.
Alentejo: tradición elaborada a mano
En el interior del país, el Alentejo mantiene una conexión profunda con la tierra y con los oficios tradicionales. El trabajo de la lana ocupa un lugar destacado en la identidad de la región, y conocerlo de cerca nos permitirá comprender una forma de vida ligada al tiempo, la técnica y la transmisión del conocimiento.
La visita a un taller artesanal nos ofrece la posibilidad de descubrir todo el proceso de transformación de la lana, desde su preparación hasta el hilado manual, poniendo en valor un oficio transmitido durante generaciones.
El paisaje abierto del Alentejo y una cata de vinos de la región completan una jornada que une artesanía, territorio y gastronomía de manera coherente y auténtica.
Viajar a Portugal en primavera y a comienzos del verano es hacerlo en el momento justo, cuando el país se muestra activo pero sereno, las experiencias se viven al aire libre y cada región expresa su identidad con claridad.